Nidos submarinos

Hacer un nido no es más que buscar o construir un lugar seguro en el que depositar el germen de la siguiente generación, el objetivo de cualquier ser vivo sobre el planeta. Sabemos que lo hacen las aves, pero también muchos mamíferos, reptiles, insectos y arácnidos. Y como no, los peces. Son los nidos submarinos.

Además de las aves, también muchos mamíferos, reptiles, insectos y arácnidos hacen nidos, hasta los peces tiene su propios nidos submarinos.

Muchas son las familias de peces que llevan a cabo este comportamiento tan propio de tierra firme. El grado de desarrollo del nido varía con las especies. Muchos blenios (lorchos) aprovechan grietas o cavidades rocosas para depositar allí sus huevos.  Otros, como los peces ballesta, crean cráteres en la arena donde depositarlos. Y algunos lábridos, como los miembros del género Symphodus (de los cuales tenemos 3 especies en Galicia: S. melops, S. cinereus y S. bailloni) llegan a construir nidos realmente elaborados a base de aglomerado de algas, arena y conchas.

 

Construcción y mantenimiento del nido a base de conchas, algas y arena. Fotos: David Villegas

 

Construir un nido es uno de los primeros estímulos en estas especies cuando llega la época de reproducción. Es normalmente el macho el encargado de tal labor. Todo se sincroniza para que cuando el nido esté listo, la hembra pueda realizar allí su puesta y el macho fecundarla.

Blenidos y lábridos son dos familias con maravillosos ejemplos de  nidos submarinos.

Hoy presentamos el caso de uno de los peces más comunes de nuestras costas, pero el ejemplo es válido para muchas otras especies. En este caso hablamos de un serrán, Symphodus cinereus, que vive en zonas mixtas de arena y roca a poca profundidad. En esta especie, la construcción del nido empieza en invierno y para ello se necesitan algas, conchas, arena y mucho trabajo.

 

Arriba:el macho invita a la hembra a conocer el nido. Medio: Cortejo. Abajo: ventilación y cuidado de los huevos, el macho no abandona la entrada del nido. Fotos: David Villegas

 

En pocas semanas el macho consigue rematarlo, de modo que quede atractivo para las hembras de la zona. Él mismo se encargará de mostrárselo a sus pretendientas, que valoran la adecuidad del lugar para confiar su puesta. La excitación en esa fase es máxima, y ambos individuos extienden sus aletas, a la vez que el macho luce su punto azul en la base del pedúnculo caudal. Si todo va bien, se procede a un cortejo estimulatorio que acabará por convencer a la hembra que es ahí donde debe depositar sus huevos. Una vez que esto ocurre, la hembra abandona el lugar y el macho se apresura a fecundarlos, sin perder de vista la posible presencia de intrusos que puedan aprovecharse de todo su trabajo de las últimas semanas.

 

El macho se desvive defendiendo el nido ante cualquier intruso, normalmente peces y cefalópodos, pero no solo… Fotos: Gonzalo Mucientes

 

Con los huevos ya fecundados, hay que asegurar la supervivencia. De esto se encarga de nuevo el macho. Realizar movimientos ventilatorios para generar una corriente de agua fresca y oxigenada hacia el interior del nido, mantener la entrada y las inmediaciones limpias de restos de algas o conchas que puedan complicar el desarrollo de los huevos, o alejar peces, moluscos o crustáceos que buscan aprovecharse de un alimento tan nutritivo como son los huevos recién fecundados, son algunas de las tareas que el S. cinereus macho tiene en su día a día. La defensa del nido tiene lugar hasta que los huevos eclosionan y las larvas empiezan la aventura de nadar.  El nido es  entonces abandonado. La falta de cuidados del progenitor hará que la hidrodinámica propia del mar acabe por destruirlo. En el siguiente video podemos observar el minucioso trabajo de mantenimiento del nido que lleva a cabo el macho (agradecer a Manuel E. Garci la cesión de estas hermosas imágenes):

El éxito de esta estrategia reproductiva depende de muchos factores, algunos de los cuales están directamente relacionados con variables ambientales. En el caso de especies que se localizan en fondos someros cercanos a la costa uno de esos factores determinantes lo encontramos en la altura del oleaje, tal y como recoge Nuria Raventos en su trabajo sobre Symphodus roissali (Raventos, 2004).

Una historia de supervivencia y entrega, como tantas otras en el fondo del mar, que ocurre a pocos centímetros de nosotros, en las playas en las que nos bañamos habitualmente.

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